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La fragilidad como recurso formativo: el teatro como lugar donde el límite se convierte en posibilidad

06-12-2025 11:38

Redazione AEFT

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La fragilidad como recurso formativo: el teatro como lugar donde el límite se convierte en posibilidad

El teatro acoge lo que tiembla: en la fragilidad emerge un recurso educativo que transforma el límite en posibilidad, generando presencia, conciencia y ...

 

 

 

Cuando la escena acoge lo que tiembla, nace una educación capaz de transformar la vulnerabilidad en presencia.

 

 

 

En la cultura contemporánea, la fragilidad suele percibirse como una condición que hay que corregir, contener, ocultar. Es un territorio que genera vergüenza, un vacío que asusta, un área de la vida que muchos quisieran ignorar. Sin embargo, es precisamente en la fragilidad donde se manifiesta la parte más auténtica de la experiencia humana: aquello que nos hace permeables, sensibles, alcanzables.
El teatro, más que cualquier otra práctica educativa, tiene la capacidad de transformar este territorio en un lugar de conocimiento.

Cuando una persona atraviesa un taller teatral, lleva consigo no solo competencias y deseos, sino también fracturas, vacilaciones, heridas. La escena no pide que se borren: las invita a emerger sin vergüenza, a encontrar una forma, un ritmo, una voz. Lo que en la cotidianidad se silencia o se enmascara, en el contexto teatral puede convertirse en material creativo y relacional. No existe otro lenguaje que sepa acoger la vulnerabilidad con la misma intensidad. La fragilidad teatral no es debilidad; es disponibilidad.

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Es la capacidad de estar en contacto con lo que es incierto, inacabado, inestable. Es el espacio en el que el individuo acepta no controlar todo, no dominar el gesto, no defenderse a través de rigideces posturales o narrativas prefabricadas.

En este sentido, el teatro es un entorno privilegiado para el crecimiento personal: invita a desarmarse con conciencia, a permanecer presentes mientras algo dentro de nosotros pide ser escuchado.

A nivel educativo, trabajar con la fragilidad significa reconocer que todo proceso formativo no es lineal, sino oscilante.
Los educadores teatrales lo saben bien: un participante puede brillar en un ejercicio y retraerse en el siguiente; puede expresar fuerza en la voz y temblar en la mirada; puede ser estable en el gesto e incierto en la imaginación.
El objetivo nunca es “llenar un vacío”, sino acompañar a quien vive ese movimiento.
La fragilidad no se corrige: se atraviesa.

Esta perspectiva es radical, porque invierte la idea tradicional de competencia.
En el teatro educativo, competencia no significa ausencia de fragilidad, sino capacidad de dialogar con ella sin colapsar. Significa aprender a mantenerse en pie incluso cuando algo nos desorienta; significa escuchar lo que los automatismos tienden a ocultar; significa dar dignidad a las partes de uno mismo que temen ser juzgadas.

El grupo, en este proceso, cumple una función determinante. Cuando una comunidad teatral está bien guiada, el grupo se convierte en un sistema de contención: sostiene sin sofocar, protege sin sustituir, observa sin interpretar. La fragilidad de uno se convierte en ocasión de crecimiento para todos.
Se crea un clima en el que la imperfección ya no es una amenaza, sino una apertura. Un paso a través del cual surge la posibilidad de un encuentro auténtico.

Desde el punto de vista pedagógico, reconocer la fragilidad significa adoptar una postura ética: renunciar al control totalizador, evitar atajos emocionales, aceptar que el recorrido de cada uno no puede ser uniformado.
El educador teatral AEFT se sitúa como garante de este proceso: no amplifica el drama, no espectaculariza la vulnerabilidad, no interviene para colmar la incomodidad. Permanece presente. Permanece disponible. Permanece responsable.

La fragilidad, cuando es acogida, produce dos efectos extraordinarios: un sentido de pertenencia y un aumento de la conciencia de sí.
La persona descubre no solo que puede existir en su propio límite, sino que puede habitarlo con dignidad. El gesto se vuelve más verdadero, la voz más arraigada, la mirada más abierta. La vulnerabilidad ya no es un defecto: es un lenguaje.

Es aquí donde el teatro se revela en su función más alta: no como técnica performativa, sino como arquitectura humana. Un espacio donde el ser puede mostrarse en su totalidad, sin ser reducido a sus carencias.
Un espacio donde lo que temblaba se convierte en posibilidad. Y quizás, en esta época que exige constantemente eficiencia, rendimiento y uniformidad, recordar el valor educativo de la fragilidad es uno de los actos políticos más importantes que podemos realizar. Porque una sociedad que no sabe acoger lo que es frágil termina por perder su propia humanidad.

El teatro, en cambio, la devuelve.

 

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